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History Jones 2020 - Todos los derechos reservados

Prefacio

 

 

Tower Hamlets

Londres, 1888

 

Unas cuestionables fuentes la habían conducido hasta una cochambrosa taberna de Whitechapel, lindante con el turbio río Támesis y frecuentada, supuestamente, por unos mercantes de antigüedades y obras de arte que traficaban con objetos de dudosa procedencia. Dicha información se la había facilitado una conocida de la amiga de la prima de Louise Smith, la meretriz a quien había salvado la vida tiempo atrás. En contadas ocasiones se fiaba de las conjeturas ajenas, o de las confidencias que no le llegaban de la mano de personas fidedignas. Sin embargo, escaseaban las evidencias en el asunto que le atañía y presumía investigar: el robo de un cetro egipcio. Según algunos egiptólogos, el cetro, elaborado en oro y adornado con gemas preciosas, como esmeraldas y rubís, exponía en su empuñadura unos jeroglíficos que, tras descifrarlos, revelarían la orientación de la tumba de un importante faraón y sus tesoros. Dato incierto, puesto que nadie había tenido la oportunidad de comprobarlo. Aún se catalogaban las joyas históricas que su padre, junto con otros miembros de la expedición, había trasladado de Egipto a Londres hacía tan solo una semana.

     History Jones, disfrazada de marino de andrajosa apariencia, se había apartado del jolgorio de la barra. A modo de camuflaje permanecía retirada en una esquina sombría, sentada a una mesa de superficie mugrienta. En aquel tugurio clandestino, aguardaba un efímero indicio que satisficiera su don innato y suscitara cualquier sospecha hacia los que allí bebían los peores licores —si a aquellos brebajes inmundos se les podía otorgar un denominativo—, que el gerente tuerto y cojo suministraba. El ron de contrabando, en cambio, lo servía en exclusiva a sus mejores clientes. Pasando desapercibida, ataviada con un traje semejante al de un corsario escocés, ambicionaba encontrar al tratante o al ladrón del cetro. El artefacto había desaparecido del Museo Británico de una forma peculiar y resultaba imposible rastrearlo.

     History aguzó el oído. De las conversaciones destilaban asuntos frívolos, procaces, hostiles y desafiantes incluso. La joven aristócrata escudriñó la sala, estudiando las ropas y gestos de cada zoquete, tarea laboriosa que la llevó a concluir que aquello era un hervidero de borrachos y delincuentes. El vocerío procedía tanto de la barra como de los reservados, mas en uno apercibió a un hombre solitario de mirada oscura e intranquila, dato que despertó su curiosidad.

     Quizás aquel hombre enjuto, de estrangulados aspavientos y ceño fruncido, fuera el individuo que buscaba. ¿Esperaba a alguien? ¿Un comprador? ¿Un cómplice? ¿O simplemente se entretenía ahogando sus penas en la botella de licor que no perdía de vista? Su actitud insinuaba cierta impaciencia o cierto nerviosismo, y a History Jones le resultó llamativa, aunque careciera de anormalidad. ¿Qué alma atormentada no se había emborrachado, pretendiendo paliar un problema, con un vaso de whisky? Descartó las cuestiones románticas y de desamor; de lo contrario, habría jugueteado con la alianza de su anular en algún momento. La mente de History no cesó de examinar al espécimen de cabellos caoba y tez pálida. Su atuendo, limpio y planchado, inducía a pensar que vivía sin penurias, aunque no podía considerársele rico ni acomodado. La complexión encorvada, los brazos endebles y las piernas pesantes, producto de su postura, hacían improbable que sus músculos pudieran soportar las pericias que entrañaba el robo de guante blanco sucedido en el museo, pues se requerían gran destreza y una buena forma física para eludir a los vigilantes nocturnos y a los perros. Por tanto, según estas deducciones, debía desestimar la participación directa del sujeto en el delito.

«Carterista tal vez, ladrón de cetro… poco creíble», caviló entrecerrando sus oscuros ojos azules.

     Si bien su comportamiento maquillaba una turbieza que procuraba disimular con unas briznas de naturalidad. Faltaba averiguar si guardaba alguna relación con un traficante de arte. ¿Qué escondía aquel personaje?

     En cuanto el susodicho dirigió a sus labios la última gota de alcohol contenida en el vaso, History se puso en guardia, aprestándose a salir tras él con el mayor de los sigilos. La intrigaba lo que ocultaba. Además, habían transcurrido horas desde que se posicionara en aquel lugar estratégico de la taberna sin que hubiera sacado nada en claro; se aburría. Tomó entonces la resolución de regresar las siguientes noches a fin de ganarse la confianza del gerente, o de algún ebrio soplón, que le revelaría el nombre de un mercader de antigüedades. En resumidas cuentas, decepcionada y guiándose por su curiosidad congénita, no tenía otro menester excepto el de acechar al tipo de mirada oscura e intranquila. Abandonó el antro y se escondió entre la opacidad de las sombras, manteniendo una minuciosa distancia con el sospechoso. No obstante, dos callejones más tarde, cuando el bullicio de una pandilla armando jaleo a sus espaldas llamó en demasía la atención, el hombre advirtió su presencia, lo que truncó sus propósitos. Emprendió la carrera enfilando un angosto tramo de Seething Lane hacia los muelles, donde instalaban las tuberías del nuevo alcantarillado; cabe destacar que el vecindario desprendía un hedor a cloaca.

     History lo persiguió sorteando montículos de tierra y de piedras. La asfixiaban las vendas con las que había comprimido su pecho, empeñada en ocultar las formas femeninas; vestía una camisa blanca, sucia —a propósito—, cuyos puños en cascada descollaban bajo la levita azul de botones dorados, un chaleco de visos aguamarina, un pañuelo de cuello rimbombante y ajado, unos pantalones anchos de un tono oscuro y descolorido, y calzaba unas botas hasta las rodillas. Su personalidad había desaparecido bajo una especie de tricornio exagerado, que cubría una peluca larga y pelirroja recogida en la nuca mediante una cinta. Barba, patillas y bigote del mismo color complementaban el disfraz, que decidió rematar con una artificiosa cicatriz que cruzaba su rostro desde la comisura del labio hasta la ceja del lado opuesto.

     La fascinaban los embustes parejos que empleaban los actores de teatro para transformar sus rasgos con la ayuda de los instrumentos adecuados: pegamentos, postizos, lápices y coloridos polvos de maquillaje.

     A punto de ser atrapado, el jadeante sospechoso atravesó la trampilla de una cerca, compuesta por varias tablas de madera, que dividía el callejón e impedía el acceso a la calle principal. History apartó la tabla oscilante y se introdujo de lado por el estrecho orificio, sin reparar en uno de los clavos que sobresalía y apuntaba a su cuello. Apreció entonces cómo la cadena de su medallón se tensaba presionando su garganta. Un eslabón había atrapado la diminuta cabeza del clavo.

     «¡Cáspita! —Se le desbocó el corazón—. Esta vez la he hecho buena», se sobresaltó, procurando no perder la calma. Respiraba forzada, todos sus músculos estremecidos por la carrera y el susto.

     La alhaja distaba de parecerse a las joyas convencionales. Comprendía un complejo invento que Jade, su mejor amiga, había ideado. Si se tiraba del medallón, las cadenas que lo sujetaban a su cuello, y recorrían sus hombros mediante unos tirantes unidos al cinturón, detonarían los gatillos de las dos pistolas —una sobre cada cadera— ocultas bajo su levita. Un invento prodigioso, pues no era preciso empuñar dichas armas en caso de necesitar defenderse.

     Retrocedió un paso y se atoró aún más en la trampilla; ahora su pistola izquierda encañonaba su bazo. «Me es imposible moverme», renegó con un bufido entretanto perdía de vista al hombre. Se hallaba en una situación crítica. Nunca lograría soltarse sin ayuda; intentarlo y dar un movimiento en falso supondría dispararse a sí misma. «¡Jade y sus inventos! —protestó refiriéndose a su amiga, inventora del insólito artefacto—. ¡En qué atolladero me he metido!», se mortificó, incapaz de escabullirse. Tomó conciencia del miedo que palpitaba en sus venas; jamás lo reconocería, puesto que History rehuía ese tipo de sentimientos, los que solían acobardar a las mujeres y a más de un hombre. Todo ensayo de reanudar la persecución e ir tras los pasos del hombre se vio truncado. Su cabeza y el lado derecho de su cuerpo miraban a la calle principal, mientras la parte izquierda permanecía atrapada entre unos dientes astillosos del callejón. Tanteó en vano para alcanzar su estuche, amarrado a una correa en el interior de la prenda de abrigo, donde atesoraba unos artilugios.

     —¡Oiga, usted! Aguarde. Tengo unas monedas que llevan su nombre a cambio de auxilio —empleó una voz ronca y queda, pareja a la de un hombre, para llamar al transeúnte que en ese momento torcía la esquina—. ¡Sí, usted! —afirmó cuando este ladeó el rostro.

      El muchacho se acercó receloso. Era de suponer, se ubicaban en uno de los peores lugares de Londres. Además, las pintas de History no invitaban a confiar en ella, o en este caso en él, pues su apariencia era la de un lobo de mar.

   —¿Qué sucede? —preguntó con suspicacia el apuesto joven mientras se aproximaba; iba engalanado de inmejorables ropas.

    —Verá usted, pertenezco al cuerpo secreto de la Policía Metropolitana —mintió—. Estoy persiguiendo a un sospechoso. ¿Haría el favor de desatarme? Antes, debo rogarle que obre con cuidado, me vinculo a un dispositivo que podría dispararme. Ahora, si es usted tan amable, busque en el costado izquierdo de mi abrigo. Ahí encontrará una funda marrón. Me temo que deberá saltar la cerca para alcanzarla —le convenció antes de que pudiera replicar o negarse.

     El muchacho, de unos veintitrés o veinticinco años, ojeó una de las pistolas cuyo cañón relucía entre el cuerpo del corsario y la tabla de madera. Mantuvo un mutismo inusitado tratándose de él; de costumbre, su personalidad brillaba por su carácter jocoso y ocurrente. Pensativo, y en total silencio, se dirigió al otro lado de la valla con un atlético brinco. Consiguió el estuche y, acto seguido, regresó ante la singular mirada del agente secreto.

     «Una mirada más bien femenina», consideró el espigado muchacho después de unos segundos. Medía un metro noventa y era de porte atlético, cuerpo estrecho, manos de pianista, cabellos negros despuntados hasta el cuello sin tocar los hombros, cejas gruesas y seductoras, mirada felina, rostro alargado, mejillas sonrosadas, mentón cuadrado y mandíbulas destacadas, barridas por una barba muy corta y limpia, así como un bigote de un tono más claro que el cabello. Se le podía describir como un hombre verdaderamente atractivo. Tan atractivo que, por un instante, History perdió el hilo de sus pensamientos.

    —Abra el estuche, tenga precaución para que no se le caiga nada —solicitó History sintiéndose cohibida; estaba a punto de enseñarle a un desconocido parte de su mundo, sus artimañas, sus enseres más preciados—. De acuerdo, ahora busque unas tenazas de pico. Cuando las tenga, cortará la cadena de mi medallón a la vez que dirigirá la pistola que me apunta en dirección opuesta. De lo contrario, y si se equivoca, hará diana en mi bazo. ¿Lo ha entendido? —cuestionó, el deje solemne, pese a que una vena se contraía visiblemente en su cuello.

     —Sí, sí. Lo he entendido a la perfección. ¿Corro yo algún peligro?

     —Ninguno si sigue mis instrucciones al pie de la letra.

    —Vamos pues. Encantado de conocerle, aunque no nos hemos presentado —le quitó hierro al asunto y presionó las tenazas sobre el indomable eslabón mientras cerraba los ojos y apartaba el arma con la mano libre.

History advirtió cómo la cadena cedía y la parte fragmentada se deslizaba sobre su pecho generándole una sensación de alivio.

    —¡Glorioso! Ha resultado de gran ayuda. Inconmensurable incluso. Le estoy sumamente agradecida…, agradecido  —rectificó, impidiéndose admirar la belleza del muchacho.

    —Me alegra haber evitado una desgracia, aunque me sigue debiendo esas monedas —bromeó el joven de alba dentadura y hoyuelos patentes al contraer el músculo risorio.

   —Vaya, me sorprende usted, caballero. Pese a haber estudiado en Oxford y gozar de buena economía, pide cumplir una deuda a un hombre que posee un sueldo menor que su asignación mensual. Ignoro si lidia con una patología compulsiva que entraña hacer cumplir las promesas, o si es adicto a la competitividad del juego, aunque por el atisbo de su sonrisa lo achaco a un carácter chistoso.

    —¿Cómo sabe que he estudiado en Oxford y gozo de buena asignación? ¿Y mi competitividad?

   —Si me saca del apuro se lo contaré —prosiguió History, esforzándose en zafarse de la trampilla. Su garganta había sido liberada, pero su arma se resistía a ceder. Continuaba encajonada.

   —Tiraré de usted. —El joven encorvó una ceja, intrigado y dubitativo, entretanto volvía a vestir los guantes blancos que poco antes se había quitado.

Su mano enguantada aferró la de History, desnuda… y menuda para pertenecer a la de un hombre.

    —Uno…, dos…, tres… —avisó.

    ¡Patapum! El cuerpo de History aterrizó sobre el suyo, tendido en el suelo. La sujetó por el talle. La peluca pelirroja se deslizó junto con el tricornio por uno de los hombros de History hasta caer junto a ellos.

     —¡Ay! —se quejó olvidándose de usar la voz de corsario.

    Durante un breve instante, todos los músculos de History se tensaron al despertar en ella una sensación de atracción que, hasta entonces, jamás había padecido; esas chorradas se las dejaba a las bobas que pasaban sus días en busca de marido. Olvidó respirar, perdida en la mirada felina del desconocido.

    —¿Qué es…? —se extrañó él asombrado y con los ojos como platos; rara vez lo sorprendían.

    Palpó las caderas del agente para subir luego hacia la cintura y los flancos de los pechos, donde descubrió las femeninas curvas encorsetadas.

    —¿Cómo se atreve? —gritó History indignada.

   Las puntas de su cabello castaño oscuro barrían el rostro del muchacho. Con una de las manos que había colocado sobre el suelo, una a cada lado de su cara, apartó una de las suyas de forma brusca.

   —¿Yo? ¿Cómo se atreve usted a hacerse pasar por policía? —le reprochó él fulminándola con su mirada verde cual agua de manantial.

  —Cállese, se lo ruego —le instó, avergonzada y azorada, tiñéndose sus mejillas de un tono colorado—. ¿Acaso no vio cómo la pistola me apuntaba? Me apuré en explicarle parte de la verdad —declaró contemplando cómo aquel desconocido disfrutaba. Una de sus manos aún permanecía sobre su cintura. ¿Tomaba placer en humillarla?—. Como entenderá, resultaba innecesario confiarle más.

   —Querido señor…, aunque debería llamarla señora, ¿qué pretendía? ¿Qué es usted, hermafrodita o mentirosa?

   —Será sinvergüen… —se dispuso a injuriarle.

   —¡Tss, tss, tss, no le conviene faltarme al respeto! —chistó él con una inflexión jactanciosa y de superioridad.

   —¡Es usted odioso! —se aventuró a decir History, las mejillas ardiendo.

 —Ese soy yo, Mister Odioso —ironizó—. ¿Y quién es usted?, si me concede la pregunta —interrogó, incandescente, mirando de soslayo la peluca del falso agente.

   ¿Le parecía hilarante? History advirtió cómo una ola de cólera se apoderaba de ella.

   —¿Qué le incumbe? —Se incorporó con celeridad, pero el joven le impidió levantarse reteniéndola por la muñeca.

   En su fuero interno, lo desagradaba la idea de dejarla marchar sin conocer su identidad. Se había prendado de la azulada mirada de la mentirosa. A pesar de la cicatriz y del vello facial de un rojo fuego, presumía que, bajo todo ese disfraz, podía hallarse ante una bella dama.

   —Naturalmente me incumbe, si ha precisado de mi ayuda y me ha engañado —adujo con la entonación arrogante—. De hecho, si se niega a confesar, llamaré a un guardia, uno de verdad.

   —¡Usted solo suélteme! —ordenó History furibunda; el joven la ponía nerviosa.

    Conocía técnicas para librarse de su garra, sin embargo, se negó a emplearlas y causarle daño alguno.

   —¡Bien, bien, de acuerdo, no se enoje! —La liberó, mostrándole luego las palmas de las manos en alto.

   —Olvide cuánto ha acaecido esta noche —zanjó History poniéndose en pie.

   Pulió sus ropas, expresando rabia sus gestos, y ágilmente recogió del suelo el estuche, la peluca y el tricornio. Al hacerlo, el libro que guardaba celosamente en el forro de su levita cayó en silencio. Sin más dilación, y sin apercibirse de la pérdida de su tesoro, salió huyendo.

   —¡Ey, aguarde! No me ha revelado cómo ha adivinado que soy de Oxford —voceó el joven mientras History se esfumaba en la niebla que se asentaba sobre las calles de Londres—. Vaya muchacha tan peculiar —estimó para sí con voz susurrante.

   Se inclinó sobre el pavimento y asió su chistera, la cual había volado por los aires cuando la chica lo embistió al tirar de ella. De soslayo advirtió un tipo de caja rectangular, de color azul, que yacía en el suelo. Al acercarse, la caja se transformó en un libro. Lo alcanzó y leyó el título, escrito en letras de tono arena: Mil millas Nilo arriba, de Amelia B. Edwards. Lo abrió y encontró en la primera página, junto a una dedicatoria de la mismísima novelista, unas señas.

 

Propiedad de History Jones

2 Davies St, (esquina Bourdon St)

Mayfair, Londres

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